
Una fístula anal se produce, en la mayoría de los casos, como consecuencia de un absceso anal que ha drenado hacia la piel, dejando una comunicación persistente entre el interior del ano o recto y el exterior.
Es importante destacar que no todos los abscesos anales evolucionan a fístula: aproximadamente solo en la mitad de los casos, tras el drenaje de un absceso, se desarrolla una fístula anal.
En algunas ocasiones, la fístula anal puede estar relacionada con otras enfermedades, como la enfermedad de Crohn, una patología inflamatoria intestinal que puede favorecer su aparición.
El síntoma más característico de la fístula anal es la salida crónica de secreción a través de un pequeño orificio en la piel cercana al ano.
El tratamiento de la fístula anal es quirúrgico. La técnica empleada dependerá del tipo de fístula, su trayecto y su relación con la musculatura del esfínter anal.
En la mayoría de los casos, las fístulas son sencillas y pueden tratarse mediante una cirugía ambulatoria, permitiendo al paciente regresar a su domicilio el mismo día tras permanecer solo unas horas en el centro hospitalario.
Habitualmente, la reincorporación a la actividad laboral se produce en un corto periodo de tiempo.
En situaciones más complejas, especialmente en las fístulas anales complejas, el tratamiento puede requerir técnicas quirúrgicas más elaboradas o incluso la realización de procedimientos adicionales para lograr la curación completa, siempre con el objetivo de preservar la continencia fecal.
Cada paciente requiere una valoración individualizada. Si presenta síntomas compatibles con una fístula anal o desea una evaluación personalizada, le recomendamos ponerse en contacto con nuestro equipo especializado.